El proyecto sin nombre


empezó de coña…


Escribí, en primer lugar, alguna canción. Escribí folios y libretas en las que tomé consciencia de mi pequeña existencia, de lo diminuto de mi sistema de creencias, de la infinidad de experiencias y conocimientos que, esperaba, algún día volvería a tener necesidad de adquirir.

En dos años alcancé la friolera de doscientas cincuenta canciones compuestas. De estas, restan ya poco menos de un cuarto cuya prosodia no me avergüence. Y allí, en mi cuarto de cuatro paredes, en mi habitación de seis metros cuadrados, sobre mi colchón y con una guitarra que tosía polvo cuando le hacías cosquillas en las cuerdas, se escribieron estas líneas.